Velázquez en blanco y negro

Las estampas, por sus especiales características y valores comunicativos –reproductibilidad, movilidad y economía–, son instrumentos de gran valor para el análisis de la sociedad y la cultura de cada momento histórico. Entre las muchas funciones que desempeñaron las estampas, la reproducción de pinturas desempeñó un papel muy importante durante el Antiguo Régimen como instrumento de prestigio al servicio de la monarquía, al difundir la riqueza de las colecciones reales. Los cambios acaecidos con el fin del Antiguo Régimen, que entre otros factores propiciaron el reconocimiento del factor individual como hecho constitutivo de la sociedad, conllevaron la aparición de nuevas formas de comunicación y expresión. La ampliación de la clase media llevó parejo el surgimiento de una cultura masiva, no tan dirigida desde el poder, en la que el individuo, y sus legítimas aspiraciones personales, motivaron el desarrollo de formas de expresión al margen de las estrictas normas que hasta entonces habían impuesto las Academias, y en las que sobresalía la capacidad creadora del individuo. En el caso del grabado, el aguafuerte de creación y el de interpretación constituyeron los dos polos alrededor de los que giró la renovación del arte gráfico acaecido a mediados del siglo XIX, cuando interesó tanto reproducir una pintura como mostrar la personal visión que el grabador tenía de la obra pictórica. Paralelamente a esta subjetivación de la visión artística surgió, de la mano de la fotografía, la opción contraria, aquella que buscaba la exacta reproducción del original. El desarrollo de la técnica y la generalización de la cultura propiciaron los métodos de reproducción mecánica y la consecuente adaptación de los procedimientos fotográficos al mundo de la imprenta, que en los últimos años del siglo verá multiplicar la edición de libros ilustrados con reproducciones fotomecánicas. De este modo se había alcanzado el ideal y fin último de lo que siglos atrás se habían propuesto los grabadores: reproducir en papel el mayor número de ejemplares de un original pictórico, del modo más rápido, económico, y fiel posible.

Un perfecto ejemplo de estas generalidades sobre las estampas de reproducción se encuentra en la obra de Velázquez. Su estudio permite observar la evolución de la sociedad y de la técnica de forma pareja al reconocimiento que paulatinamente alcanzó su pintura. Velázquez ha sido uno de los artistas cuya fama ha estado sujeta a más vaivenes. Reivindicado por los ilustrados españoles a mediados del siglo XVIII y prácticamente desconocido en el extranjero hasta cerca de 1800, durante el siglo XIX fue objeto de un interés creciente por parte de críticos, pintores y público de todo Occidente, que acabaron por convertirle en una de las figuras centrales de la historia del arte. Ese proceso estuvo condicionado por el incremento de posibilidades para conocer su obra, en primer lugar a través de la contemplación de sus lienzos en lugares abiertos al público, especialmente en el recién creado Museo del Prado, y en segundo lugar, y no menos importante, a través de las estampas.

La difusión de la pintura de Velázquez en España a través de las estampas es tardía, en la medida que hasta bien entrado el siglo XVIII, no existieron grabadores lo suficientemente cualificados. En el siglo XVII apenas hubo algunos grabadores de origen francés y flamenco que desarrollaron fundamentalmente su actividad en el campo de la ilustración del libro. Tras la llegada a España de Carlos III comenzó a potenciarse el arte del grabado gracias a la creación de una escuela de grabadores en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. De ella surgirá un nutrido grupo de artistas que acometerán entre otros proyectos, y ya durante el reinado de Carlos IV, la reproducción de los cuadros albergados en los palacios reales. Al igual que en otras cortes europeas existían estampas que reproducían las obras maestras de las colecciones reales, cuyo ejemplo paradigmático fue el Cabinet de Roy de Luis XIV, en España, como una forma más de prestigiar a la monarquía, se pensó en reproducir algunas de las pinturas más significativas de la colección real por medio el grabado en talla dulce.

La invención de la litografía en 1792, procedimiento más rápido, económico y susceptible de ser reproducido en mayor número, y su rápida extensión por Europa, llevará a que en 1825 José de Madrazo, director del panorama artístico español durante el reinado de Fernando VII, acometiese el proyecto de reproducir mediante este nuevo sistema la colección de cuadros del rey, la mayor parte de los cuales se encontraban ya instalados en el recién creado Museo del Prado, fundado en 1819.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, la generalización de la cultura y el interés por las Artes que se producirá en Europa, no solo entre las clases acomodadas sino también entre la nueva y pujante burguesía, hizo que se multiplicasen los estudios de arte. Entre los artistas españoles, Velázquez suscitó un rápido reconocimiento que vio la luz en forma de libros y artículos de revistas, ilustrados de muy diversa forma, desde los aguafuertes de interpretación a los nuevos procedimientos fotomecánicos. La aparición de la fotografía a mediados de siglo tendrá dos hitos en lo que a la obra de Velázquez se refiere: los talbotipos incluidos en el libro de William Stirling-Maxwell, Annals of the Artists of Spain (1847), y que constituyen las primeras imágenes fotográficas de la obra del pintor sevillano; y las series de Laurent y Braun, en las que se ‘retrataban’ los cuadros conservados en el Museo del Prado y que constituyeron la fuente más frecuente empleada durante la última década del siglo XIX y principios del XX para reproducir sus pinturas.

Paralelamente se desarrollaron, a partir de los principios de la fotografía, sistemas de reproducción fotomecánica basados en la idea de multiplicar la imagen fotográfica en impresiones permanentes. Surgieron así procedimientos en los que por una lado se buscaba la perfección reproductiva, con imágenes de gran calidad, frente a otros que no buscaban más que la mera plasmación de unas formas simples que constituyeran un referente del asunto de las pinturas. Ya entonces, al igual que hoy en día, dos productos de muy diferente condición se ofrecían al público: las reproducciones de calidad dirigidas al lector especializado, y las de divulgación dirigidas a un público más general y menos exigente.

Si bien es posible citar algunos nombres de relevantes grabadores, litógrafos y fotógrafos entre los autores de estas estampas, ninguna figura merece mayor consideración que la de Francisco de Goya. Auténtico pionero en España en la reproducción de pinturas, el estudio directo de las obras de Velázquez para la realización de una serie de estampas permitió a Goya captar la esencia de la pintura del maestro sevillano, que quedó patente en su posterior producción pictórica. Estos grabados realizados al aguafuerte, lejos de pretender reproducir la apariencia formal de los cuadros, buscaban por encima de todo, captar las cualidades luminosas y la esencia pictórica de Velázquez, aspectos que verdaderamente interesaban a Goya, por ello, estas obras goyescas merecen un detallado estudio en esta muestra.

Las estampas han permitido el conocimiento y estudio de las obras de arte y han favorecido la fama de los artistas. Esta exposición, además de contar la historia de cómo se conoció la obra de Velázquez a través de las estampas, pretende reivindicarlas como documentos visuales, en muchas ocasiones ignorados, pues han condicionado durante siglos el conocimiento de la pintura.

José Manuel Matilla